"Para volar hay que primero alzarse sobre sus propios pies.
No vuela ninguno que primero no esté de pie."

F. Nietzsche

martes, 14 de febrero de 2017

Mi Yo víctima



Hace un tiempo, a raíz de una agresión homófoba en Vigo, salió un tema en mi terapia que me sorprendió: mi parte víctima, algo con lo que en ese momento estaba tremendamente peleado y que me es difícil asumir.

La pelea surge de sentirme incómodo en la piel de una víctima, pegado como estoy a la idea de que la víctima es alguien débil, vulnerable, sin recursos. La pelea es contra mi sensación de impotencia, de no poder hacer nada para remediar una situación que ya ha pasado. La pelea es con una parte de la realidad pero también con la idea que tengo sobre esta realidad. La pelea es, sobre todo, con mi víctima interiorizada y con lo que esta parte representa para mí y me dice de mí mismo.

Mi terapeuta me preguntó, ¿cuántos tipos de víctima crees que hay en ti? Y sobre esta pregunta llevo reflexionando un tiempo.

La respuesta es: innumerables. Podría ver un cierto tipo de víctima dentro de mí en diversos momentos del día, cada día: el que no se siente escuchado o tenido en cuenta, el que no se siente amado como necesita que lo amen, al que no le salen las cosas como él quisiera que salieran, el perfeccionista frustrado, el que se lamenta de que la vida sea injusta, el que ve la suerte en la mano del otro, el que se siente manipulado, impotente... y tantas, tantas más.

Lo cierto es que la pregunta, "¿cuántas víctimas hay dentro de ti?" y la respuesta obvia, me moviliza y me hace parar en seco la pelea en la que estaba metido. Pelearme con mi parte víctima es darle el poder para que tiranice cada uno de mis actos (o, al menos, aquellos que alimentan de manera neurótica ese victimismo), así que poder darme un momento para observar a mi yo-víctima y observarlo y hasta cuidarlo, es todo un regalo para mí.

La primera víctima que se me ocurre es mi niño interior, aquel que fue acosado y hostigado en el colegio por una panda de niñas malcriadas (sí, digo bien, eran niñas, los niños vendrían después) que, sencillamente, no me aceptaban. Fuera lo que fuera lo que a ellas se les moviese conmigo, lo cierto es que yo me vi acorralado, denigrado y humillado. Una parte de mí aceptó aquel acoso como un castigo merecido, y desde ahí me desposeí de los recursos para responder a las agresiones como podría hacer ahora. No recurrí a los profesores, no lo conté en casa, y cada día en la escuela era un nuevo suplicio que me fui tragando, sintiéndome, cada vez, más impotente y con repentinos estallidos de rabia que no conducían a ninguna solución ni reparación.

Esto me lleva a una parte importante y polémica en este asunto... y es que la víctima, irremediablemente, tiene una responsabilidad en aquello que le ocurre.

Hace poco vi una película que, dejando de lado otras cuestiones que trata, refleja muy bien el proceso en el que una víctima (de nuevo, un niño acosado por otros en el colegio) participa de las agresiones y vejaciones que sufre. La película es Un monstruo viene a verme de J.A. Bayona, y la recomiendo para todos aquellos que quieran ver cómo la rabia reprimida hace daño e incapacita para la vida hasta que uno es capaz de soltarla y aceptar el dolor que la acompaña (aceptando nuestro monstruo como un guía).



En esta película, podemos ver al niño acosado cómo, de alguna manera, busca a su agresor, con la mirada, con la presencia, desde el inconsciente... para validar, precisamente, su victimismo, sintiendo que, efectivamente, merece ese mal trato por no ser capaz de asumir que en su interior hay un deseo inexpresado y que él juzga como inaceptable. Es como si buscara un castigo para una parte de sí que no es capaz de asumir.




Sólo a través del contacto con el dolor y la expresión de la rabia que usualmente tapa la herida es que la víctima se puede dar permiso y libertad para pasar a otro papel. Las opciones, si decidimos continuar sin ver esta herida, son pocas: continuar siendo una víctima toda mi vida, encontrando a cada paso seres malvados que repetirán, una y otra vez, las situaciones que me confirmarán y reafirmarán en mi papel de víctima... ¡Dios mío! ¿Por qué yo? ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¡Rescátame! ¡Sálvame!...


Hay, por supuesto, una parte muy cómoda en el papel de la víctima, y es que deja la responsabilidad de lo que le ocurre en manos de otros.

Por supuesto, el agresor es el principal responsable, ya que es la persona que viene, que actúa, que agrede... ¿Cómo a mí? ¿Qué te he hecho yo?... No olvidemos que, debajo de cada agresor, también hay siempre una víctima y que es, precisamente, su dificultad para asumir su responsabilidad con aquello que le ocurre que le lleva a explotar en una agresión hacia su víctima. Y digo bien, su víctima, ya que los seres humanos tenemos un olfato tan fino que el agresor (guiado probablemente por su parte víctima inconsciente) elegirá a una víctima propiciatoria ideal, repitiendo y alimentando, cada uno, sus propias heridas de base. Esto no es, en modo alguno, una justificación, sino tan solo poder ver qué hay más allá de los actos de cada cual.


Otra responsabilidad que la víctima deja en el aire es la del rescate. ¡A mí! ¡Socorro! ¡Ayuda! Ya que uno cree que no tiene los recursos o las respuestas para detener la agresión que sufre, ha de ser otro quien finalmente termine con esta situación, actuando como héroe rescatador que castiga al agresor y devuelve a la víctima a su status original... no sin antes hacer un recuento de daños y validar, mediante la protección y el rescate, que efectivamente la víctima no se podía valer por sí misma.

La responsabilidad de uno es siempre para con uno. Quiero decir que uno es responsable de su vida y de lo que uno hace con lo que le pasa en la vida. Asumir mi responsabilidad como víctima es atender a mi herida. Atenderme y reponerme si la agresión ha sido tal que necesite mi tiempo. Poner algún límite o remedio para que no vuelva a ocurrir, denunciarlo si es necesario y utilizar las herramientas que sí tengo (y que el estado además me facilita) para restaurar mi autonomía y mi libertad.

Es importante, creo, poder darse cuenta de que no somos sólo víctimas o verdugos, sino mucho más, y que ambos están ligados en nuestro interior. A la pregunta de "¿cuántas víctimas hay dentro de ti?" añadiría ahora, "¿y cuántos verdugos?".

La locura no es sólo creer que sentirme víctima es ser alguien débil sino, sobre todo, creer que necesito ser fuerte para vivir y que ser fuerte es, específicamente, no sentir dolor, manejarme como un súper-hombre en cualquier situación, tener respuestas y recursos para todo... algo no sólo obviamente imposible sino que además, no significa necesariamente ser fuerte.

La fuerza está en la conexión con uno mismo, en no perderme entre mis mecanismos y automatismos y en poder tener la calma suficiente como para reaccionar de la manera que yo necesite reaccionar. La fuerza es, entonces, desligarme de mi papel de víctima o de verdugo y poder verme como un ser humano más grande y más completo, con capacidad de respuesta para aquello que la vida me vaya proponiendo en el camino, aunque sea un trago amargo. Aunque me tome un tiempo poder dar con la respuesta.

La fuerza está en dar su lugar a mis víctimas internas, y también a sus respectivos verdugos. En ponerlos en contacto y, si es posible, en diálogo. En conectar a la víctima con su responsabilidad (es decir, su capacidad de acción, es decir, su rabia) y al verdugo con su dolor.

La fuerza, en fin, está en sentir lo que siento y ser responsable de ello.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Por un año lleno de Vida

Con mis mejores deseos para este año que está a punto de comenzar... por que llegue con ilusión y esperanza, cargado de emociones, sueños, deseos, acciones, atenciones y lecciones... que todo esté lleno de VIDA.


Feliz 2017



domingo, 20 de marzo de 2016

La Función Padre



Durante la pasada festividad del Día del Padre, he estado reflexionando sobre esto que llaman la función padre, sobre su significado e importancia en mi vida y, más allá, sobre su desvirtuación en la sociedad patriarcal contemporánea. Me gustaría aprovechar este artículo para compartir alguna de estas reflexiones.

En España, el Día del Padre se celebra coincidiendo con la festividad católica de San José o, lo que es lo mismo, con el mito del padre en dicha religión. No se trata, ni mucho menos, de una tradición antigua, sino muy reciente: se instaura en España en el año 1953, debido a la demanda popular y el apoyo de diversos centros comerciales. Sin embargo, y para lo que este artículo me ocupa, me interesa continuar con el mito de San José. José, esposo de María y por tanto padre putativo de Jesús de Nazaret.

En el mito, José recibe la visita de un ángel en sueños, que le indica la pureza de María y por tanto que no la repudie en su matrimonio. Por tanto, asume la paternidad de Jesús, convirtiéndose en el padre "humano" del niño, a quien cuida (busca un lugar para su nacimiento, lo lleva a Egipto para escapar de la persecución de Herodes) y educa (le enseña su mismo oficio de artesano), desapareciendo misteriosamente cuando Jesús comienza a tomar su vida pública y adulta. Como padre, José desempeña una función básica y tradicional: asegura la manutención, cuidado y educación del niño. Simbólicamente, además, desaparece cuando el niño deja paso al adulto.


En esencia, podríamos decir que la llamada función padre tiene que ver con la salida al mundo del niño y su posterior relación con él. Por su lado, la función madre tendría que ver con el contacto interno de las propias necesidades. Ambas funciones son indispensables para el correcto funcionamiento en la vida y se van instalando y desarrollando en el niño conforme avanza en sus distintas etapas de crecimiento.

Es inevitable, al hablar de función padre o función madre, que uno piense en sus propios padres y, en efecto, ambas funciones se toman, en un inicio, del ejemplo de nuestros padres o de las personas que hayan ejercido tal función en nuestra vida. Hay familias en las que la ausencia o falta de disponibilidad para ejercer alguna de estas funciones se ve suplida por otra figura y por tanto nuestra referencia materna puede ser más una abuela o nuestra referencia paterna más un tío o amigo cercano de la familia... Además, ambas funciones no son exclusivas de género, y por tanto una mujer podría ejercer el rol paterno y un hombre el materno, en la crianza. Sea como sea, durante nuestra infancia es inevitable que vayamos tomando modelos para ir construyendo ambas funciones, de modo que vamos interiorizando un padre y una madre para nosotros mismos.

Si la función madre es aquella que me pone en contacto con mi mundo interior y, en especial, con mis necesidades (es decir, es una función de cuidado), la función padre es la que me ayuda a satisfacer estas necesidades en el mundo. Por tanto, una función me permite relacionarme conmigo mismo, y la otra, con el otro y lo externo a mí.

El padre, o la persona que ejerza su función durante la crianza, es la persona que viene a romper el vínculo fusional que el niño tiene con la madre durante los primeros meses de vida. Esta función es esencial para que comience el proceso de individuación del niño, para que comience a identificarse como alguien diferente y único dentro de la familia. Simbólicamente, el padre es el que viene a "romper" la cáscara del huevo, permitiendo que lo que había gestado dentro pueda ahora salir al
mundo. En este momento, es esencial que la mirada de la madre hacia el padre sea tal que el niño pueda aprender de ella que éste es una figura de valor dentro de la familia. No en vano se dice que el amor al padre es un amor admirativo.

Salir al mundo es otra de las principales funciones que aprendemos del padre. De niños, observamos y aprendemos de los que nos rodean cómo son las relaciones y las gestiones con el mundo fuera de la familia. En este sentido, el padre tiene la importante función  de aportar seguridad al niño en sus primeros pasos en el mundo, es el sostén y a la vez el ánimo que te invita a caminar y te dice "ve", o lo que es lo mismo: "vive".



En nuestro desarrollo, el crucial momento en que nos soltamos de los brazos de mamá y comenzamos a investigar los que nos rodea, está sostenido por la función padre. Inevitablemente, estos primeros pasos son vacilantes ya que caminamos sobre algo desconocido. Si el padre no está al otro lado, para animarnos y recogernos, el niño guardará una desagradable experiencia de vacío que repetirá cada vez que haya de enfrentarse a algo desconocido en su futuro.

Otra de las grandes funciones del padre es el establecer y mantener unos determinados límites. Los límites son esenciales para la vida y su desarrollo, sin ellos seríamos poco menos que animales temerarios. Nos ayudan a cuidarnos y a establecer relaciones de cuidado y respeto con el otro. Nos ayudan, además, a saber lo que es el "no", es decir, la frustración y su manejo. Por tanto, un límite establecido a su debido tiempo y con amor es un acto de cuidado indispensable.

Claro que no todos los padres están disponibles para ejercer tal papel. Primero, porque todos somos humanos y no somos perfectos, así que será inevitable que nuestros hijos (como nosotros mismos en su momento), generen reproches hacia sus padres, ya que no podremos satisfacer siempre sus demandas. Segundo, porque todos tenemos nuestra propia herida y por tanto ésta acabará apareciendo de alguna u otra manera en la relación y, por tanto, afectando a nuestros hijos. En los casos en los que, además, haya abusos, maltrato, abandono, etc. el modelo paterno que aprende el niño viene marcado inevitablemente.

Como niños, vamos aprendiendo de aquellos que nos rodean, papá y mamá, los primeros. Si el modelo paterno ha sido especialmente dañino, lo más probable es que hayamos buscado referencias en otros lugares: un abuelo, un familiar o amigo cercano, un tutor o profesor... pudiendo por tanto conformar un modelo interno suficientemente bueno como para permitirnos llegar a adultos, y llegar suficientemente sanos.



Llega un momento en nuestra vida en que lo que hemos aprendido y asimilado (y por desgracia, también lo que no ha sido bien digerido) da forma a nuestra guía interna. Por tanto, la función madre nos permitirá ser conscientes de nosotros mismos y nuestras necesidades, y la función padre nos ayudará a satisfacer dichas necesidades y a relacionarnos con el mundo. Esto, hablando de una manera ideal y prototípica pues, dependiendo de cómo hayamos establecido estos modelos, es posible que acabemos jugándolos en nuestra contra, de manera que nos desconectemos de nuestras propias necesidades y nuestras sensaciones internas, o nos desenvolvamos pobremente en el mundo, siendo incapaces de gestionar nuestras necesidades.

Aquí es cuando entra en juego nuestro grado de madurez. Si bien es cierto que los modelos que hemos establecido para nuestra función padre y madre tienen que ver con nuestro padre y nuestra madre, con nuestra relación con ellos e incluso con su relación entre ellos, también lo es que es posible re-establecer dichos modelos atendiendo a sus deficiencias o dificultades: es decir, es posible volver a establecer un padre interno y una madre interna que nos ayuden a cuidarnos mejor y a continuar creciendo.

En mi caso, el triángulo edípico e idealizado en el que me crié no me permitió establecer un modelo de padre interno sano para mí, de modo que mi relación con el mundo y, en particular, la gestión de mis necesidades ha sido en su mayor parte deficiente y deficitaria. Negar la figura del padre, fijarme exclusivamente en lo que no había, no me permitió tomar lo que  había. Esto no quiere decir que no ocurrieran daños ni heridas, sino que les di un lugar tan importante que acabaron ocupándolo todo. En mi proceso terapéutico personal, pude comenzar a tomar conciencia de ello y establecer un modelo más sano para mí, que me permite moverme mejor por la vida y gestionar mis necesidades en el mundo sin rabietas ni enganches. Sorprendentemente, al tiempo que establezco una mejor relación con el mundo, mi relación con mi padre mejora.



¿Y tú? ¿Cómo crees tú que es tu padre interior? ¿Cómo te gustaría que fuera?

sábado, 5 de marzo de 2016

El camino hacia la Espontaneidad



La terapia Gestalt, muchas veces se define como "la terapia de lo espontáneo", y a los terapeutas que la ejercen, se les recomienda encarecidamente favorecer lo espontáneo en el paciente, al tiempo que confrontar lo automático.

Pero ¿qué es esto de "lo espontáneo"?

En terapia Gestalt entendemos "lo espontáneo" o "genuino", como la parte auténtica y no controlada de la persona, aquella que está conectada con el fluir más sincero de la vida, y que se mueve conforme a sus necesidades, atendiéndolas y respetándolas, en un continuo de contacto/retirada con la experiencia, es decir, siguiendo el movimiento natural de autorregulación organísmica.

Probablemente, la autorregulación organísmica sea el summum de la terapia. El llegar a confiar en nuestro movimiento de necesidad natural y de fluir en la vida. Es, sin duda, la base de la terapia creada por Fritz Perls, en la que el individuo confía en la sabiduría natural del cuerpo y de la experiencia, de tal manera que, atendiendo a nuestra necesidad del momento, podamos satisfacerla y, una vez satisfecha, retirarnos y descansar.

Lo opuesto a este movimiento natural es el estado neurótico en que nos encontramos de manera habitual. La neurosis, por definición, es una interrupción del contacto con la experiencia. Es una manera de no estar presente y de no atender a mi necesidad, sea por el motivo que sea. Y esto, ¿cómo lo hago?



Los mecanismos de defensa (introyección, proyección, deflexión, retroflexión...) mantienen activa mi neurosis, mi locura, que no es más que una idea o creencia de que estar en el mundo tal cual soy no basta, de que la vida no es "confiable" y por tanto hay que "controlar" la experiencia, no vaya a ser que me pegue un batacazo.

Por ejemplo, estar alerta ante los gestos y actuaciones de la persona amada, de manera que las llego a tomar como verdaderas "señales" de su amor hacia mí. Así, si mi pareja actúa según mi propio código interno, creeré que sus actuaciones "confirman" su amor hacia mí, mientras que, si de repente actúa de una manera que yo no contemplo o que prejuzgo como contraria a mis intereses, creeré que "algo no funciona" o incluso que ya no me ama. Esto, obviamente es una locura, y no tanto por el hecho de que mi pareja me ame o me deje de amar, sino porque estoy ocupado en atender a los gestos y actuaciones de la otra persona como si éstos fueran mensajes en clave, para confirmar mi propia creencia de que me ama/no me ama. Es una locura porque mientras me entretengo en leer todos estos "supuestos" mensajes no me ocupo en confirmarlos. Es una locura porque mientras estoy alerta para "pillar" todas estas "señales", no estoy viviendo la experiencia de estar con mi pareja.



Y todo esto, ¿para qué? Parece un enorme gasto de energía innecesario, ¿verdad? Y sin embargo, como individuos neuróticos, estamos permanentemente alerta e intentando controlar la experiencia. Igual algunos más con la pareja o la familia, igual otros para mantener intacta su imagen, igual para mantener un cierto estatus social o sentirse más seguro en el entorno laboral... el hecho es que, mientras permanecemos alerta, nos perdemos la experiencia. La Vida.

Por eso la Gestalt habla de "recuperar" la autorregulación organísmica, el contacto con lo espontáneo y genuino de uno, con lo auténtico. Se trata de recuperar la salud y la libertad en la vida, de recuperar la confianza que hemos perdido por el camino.


Pero, ¿por qué esto es más "auténtico" que lo "neurótico"? Podríamos hablar de Lo Auténtivo vs. Lo Automático. Ambas son experiencias reales, pero que surgen de lugares diferentes. Mientras Lo Automático surge desde el control y el miedo a que la experiencia se nos vaya de las manos, pudiendo llegar a dañarnos en algún momento, Lo Auténtico surge de la confianza en que lo que ocurre está bien como está y en que poseo los recursos necesarios para hacerle frente, incluso si la experiencia es dolorosa o desagradable.

La gracilidad del bailarín, el trazo del pintor, la voz del cantante, el fluir del actor, la atención del profesor, la intuición del terapeuta... Todos ellos son contactos genuinos con lo espontáneo y lo creativo. Para ello, todos han debido previamente aprender una estructura y una técnica, para luego soltarla y confiar en la experiencia.

Pretender que la vida nos va a traer sólo cosas "buenas" es, como mínimo, una estupidez. Y sin embargo nos pasamos tanto tiempo intentando repeler todo aquello que consideramos "malo", que nos perdemos la experiencia completa de la vida. Mientras permanecemos alerta para controlar una emoción indeseada, para evitar un momento doloroso, para encontrarnos con una experiencia desagradable, etc. perdemos de vista gran parte de lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos volvemos rídigos, más duros, robóticos a la experiencia y, por tanto, la vida se acaba empobreciendo.

La alternativa reside en la confianza. Igual para algunos es más fácil confiar en algo "mayor", en algo Grande, como la Vida, la Providencia, la Divinidad... Confiar en que la vida es sabia y me aportará lo mejor para mí, aunque esto sea una experiencia dolorosa de la que sin duda aprenderé algo. Sin embargo, en el camino terapéutico también se nos enseña a confiar en lo "pequeño", en lo sutil, y esto pasa por confiar en mi propia experiencia y en mi propio criterio. Algo a lo que no estoy en absoluto acostumbrado, ya que me he pasado toda mi vida "controlando" y que, por eso mismo, me asoma al abismo y al miedo. No hay más remedio que mirar hacia dentro y confiar en aquello que salga.

Poco a poco, uno aprende a escucharse un poco más, a estar atento a mis sensaciones, y no alerta contra ellas. A dar espacio a mis necesidades y a comenzar a satisfacerlas, por muy extrañas, incomprensibles o egoístas que puedan parecer. A sostener los momentos duros, la culpa, la angustia y a disfrutar de lo placentero. Esto me conecta con mi voz, con mi auténtica necesidad y con mi energía creativa. Así surge la voz interna, cada vez con más fuerza.

Esta es la voz espontánea y auténtica de uno mismo. Aquella que me habla de mí y de lo que yo necesito, de mis deseos, mis dolores y mis miedos. Es mi manera de acompañarme en este camino que es la vida.



jueves, 31 de diciembre de 2015

Mis mejores deseos.

Mis mejores deseos para el año que entra. Que os sea dichoso, próspero y lleno de Vida.
Feliz Año Nuevo.


sábado, 19 de diciembre de 2015

El miedo y el cambio



"Sólo el cambio en la actitud del individuo inicia el cambio en la psicología de la nación".
C.G. Jung.

Ante los momentos decisivos, siempre hay para mí un momento de zozobra. Un temblor recorre mi cuerpo, de manera casi imperceptible, antes de dar el paso, de tomar la decisión.

Vivimos momentos importantes (y al fin y al cabo, ¿cuáles no lo son?), en los que tomar una decisión no concierne solamente al individuo (que es el que importa) sino también al conjunto social. Y en este momento de incertidumbre, me parece advertir a mi alrededor ese mismo temblor, casi imperceptible, previo a la toma de decisión. Al fin y al cabo, como digo, se trata de una decisión importante.



El miedo, en este momento, puede ser un arma de doble filo: si lo tomo de la mano y lo escucho, me puede advertir del peligro, invitarme a cuidarme aún asumiendo algún tipo de riesgo. De hecho, será el miedo y la segregación de adrenalina que lo acompaña, el que me ayude a asumir y/o enfrentar los riesgos que hayan de venir. Sin embargo, si no atiendo a mi miedo, si lo dejo agazapado en las sombras, éste crece y se acaba convirtiendo en un tirano que domina mi vida. Y entonces me asusto, me paralizo y rezo por que nada se mueva. O quizás huyo desesperado sin mirar a dónde voy. O quizás decido meterme de cabeza en la cueva del lobo... me acabo poniendo en peligro.

Estos días se habla mucho del cambio y, escuchando lo que sucede a mi alrededor, no puedo evitar escuchar también el miedo que hay a que ese cambio se acabe de concretar. Esto me ha hecho reflexionar hoy, y quisiera compartir esta reflexión con tod@s vosotr@s.

Todos tenemos miedo al cambio. Aún si, conscientemente, sabemos de nuestra necesidad para que un cambio se produzca, es inevitable sentir miedo a que esto sea así, a que algo se mueva. No en vano nos hemos ido construyendo, día a día, año a año, toda una estructura cuya fuerza está destinada, precisamente, a que nada cambie. Esta estructura se sostiene en los huesos, en los músculos, y también en las emociones (a base de creencias, prejuicios, prohibiciones, heridas sin curar, resentimientos... ), conformando un armazón psicocorporal que retiene en nuestro interior, a base de bloqueos, todo aquello que hemos decidido no mostrar al mundo: nuestra sensibilidad, nuestra parte más tierna o más rabiosa, nuestro niño interior, nuestro gozo sexual, nuestra locura... una parte deliciosa de nuestra esencia.

Nuestra resistencia al cambio tiene que ver con el miedo a que estas partes, vulnerables y oscuras, al mostrarlas, sean juzgadas y rechazadas por nuestro entorno (tal y como nosotros ya las hemos juzgado previamente) pero también tiene que ver con otro asunto quizás más sutil: la comodidad.

Al fin y al cabo, que algo se mueva en nuestra vida siempre supone un momento de incomodidad, de malestar y molestia, de reajuste, "¿para qué cambias, caramba? ¡quédate como estabas!" "¡con lo bien que se estaba hasta ahora!" "¡no te salgas del tiesto!" "más vale malo conocido..." Si algo se mueve, todo se mueve y yo, inevitablemente, me tengo que mover. Y esto, si no lo hago de manera inconsciente o reactiva, supone asumir mi responsabilidad, asumir ese cambio y decidir dónde me quiero colocar, aquí y ahora. ¡Y vaya si esto rasca!

En terapia, la inmensa mayoría de los pacientes vamos buscando un cambio en nuestra vida. Algo ha pasado ya, que me he dado cuenta de que las cosas, tal y como están, no funcionan. Necesito cambiar y, consciente de mi dificultad, busco ayuda profesional. Claro que las más de las veces, esto en el fondo quiere decir que, en realidad, queremos que sea el terapeuta el que nos diga qué y cómo cambiar, pasándole la responsabilidad de algo que me compete solamente a mi.

Y ahí estamos, pidiendo, peleando, rogando por que se produzca ese cambio... intentando que ese cambio sea decisivo, grande, importante... y al mismo tiempo luchando para que no cambie todo, que no cambie tanto, que cambie, "sólo eso" y no afecte al resto de mi vida...

Por suerte, los cambios no se producen por voluntad, de lo contrario estaríamos en un mundo totalmente desquiciado. Lo dice Fritz Perls: "Los cambios deliberados no resultan. Los cambios se realizan solos". Y esto es así. Uno solo puede cambiar cuando está preparado, y para esto ha de pasar todo un proceso en el que se involucre tanto el cuerpo, como la mente, como el alma. Al cambio se llega con voluntad, pero sobre todo con experiencia y observación, habiendo pasado por situaciones nuevas, asumiendo riesgos a los que no estoy habituado, conociendo mis miedos y experimentando dónde están mis bloqueos y dificultades. Observando cómo hago, cómo me la juego o cómo hago para no jugármela. Al cambio, en fin, se llega por asimilación.

En este proceso, se pasa por la disolución de algunos de nuestros mecanismos de defensa. Esto no quiere decir que dejen de existir, sino que, gracias a la experiencia, me he podido dar cuenta de cómo funcionan en mí y observar su proceso, de modo que, llega un momento en que tengo otras referencias, de repente sé (con todo mi ser) que lo que antes sólo podía ser de una manera ahora tiene varios caminos posibles, mis opciones han aumentado y, lo mejor de todo... algunas de estas nuevas opciones no me hacen daño. Y, entonces, ocurre el cambio.


Para llegar a ese punto, como describe Perls, es necesario ir atravesando las capas de la cebolla. Del mismo modo que una cebolla tiene varias capas, así también nuestra neurosis se va conformando, dejando bien resguardado en su corazón el tesoro más preciado: la conexión con mi esencia, la liberación de todo aquello que puedo y quiero llegar a ser. De este modo, el proceso terapéutico se propone ir atravesando estas capas, siempre desde el exterior, desde las más "asequibles" y "mostrables" a las más comprometidas. En el paso de una a la siguiente de estas capas, siempre hay un momento de incertidumbre... este es el momento crucial, en el que me doy cuenta de que lo viejo ya no me sirve, y también de que lo nuevo todavía no lo conozco, aún no sé con qué me voy a encontrar, o si me va a gustar o no lo que encuentre... sostener ese momento de incertidumbre, de miedo, de incomodidad, es un momento de madurez, un lugar de responsabilidad y compromiso conmigo mismo. Y no, no es nada fácil.

Llegar al cambio lo vivo como una travesía por el desierto, dura, áspera, en la que siento que muchas veces está en juego mi supervivencia. En la que aparecen espejismos que me confunden y me llevan de vuelta a lo conocido. Los oasis aparecen como momentos de refuerzo, de darme cuenta de que voy por el buen camino, momentos en los que nutrirme de lo vivido y descansar, tomar fuerzas para continuar la travesía, la noche oscura del alma cuya recompensa final es la comunión conmigo mismo.



El cambio, dice A.R. Beissier, se produce cuando uno se convierte en lo que es, no cuando trata de convertirse en lo que no es.

Y sí. Sí se puede.



jueves, 1 de octubre de 2015

Charla: Teatro y Gestalt

Teatro y Gestalt
El teatro como herramienta de autoconocimiento



El teatro puede ser una estupenda herramienta de autoconocimiento.

Desde siempre, los actores e intérpretes han necesitado ejercitar la expresión corporal y la memoria emocional, una manera de "afinar" su instrumento (su cuerpo físico y psicoemocional) para poder transmitir mejor su mensaje y comunicar aquello que desean comunicar.

De este corpus se puede extraer una ingente cantidad de material didáctico que, aplicado al autoconocimiento, redunde en el crecimiento personal. Fritz Perls lo sabía y colaboró activamente con diversos grupos teatrales intercambiando conocimientos. Desde entonces, son numerosos los caminos que unen ambas vías de expresión humana y artística.

En esta charla, me gustaría compartir algunos de estos caminos comunes entre el Teatro y la Gestalt, investigando en cómo esta disciplina artística se puede convertir en una excelente herramienta de trabajo personal.
Asimismo, me gustaría dar a conocer mi trabajo en este campo y presentar los talleres de Teatro Emocional, que alcanzarán su quinta edición en Vigo y la primera en Santiago de Compostela.

Presentada por Iván Fernández. Actor, autor, director y profesor de teatro. Formado en Terapia Gestalt por GUIBOR. Terapeuta corporal. Creador de los talleres de Teatro Emocional.

Con la colaboración especial de Pepa Barreiro.

La charla tendrá lugar en

(Galerías de calle Príncipe, 22, 4ª planta)
el viernes 9 de octubre
a las 20:00h

y en

(Rúa do Vilar, 15, 1º)
el jueves 5 de noviembre
a las 20:00h

El aforo es limitado, así que se ruega confirmación de asistencia.